Vengo desde más allá del océano,
del lugar donde no hay polvo de estrellas.
Vengo porque escuché corazones,
dos verbos conjugados
y haciéndome carne.
Vengo desde más allá del ocaso,
desde el mar aireoso y estático
donde el alma espera a ser llamada.
Vengo,
como la pesca de la mañana:
la quietud interrumpida,
atravesando membranas.
Vengo
desde agujeros inmensos,
con guardianas del nacimiento,
con plegarias de madrugada,
con fuerza de madre desgarrada
y manos amorosas
que me dan la bienvenida a este cuento.
Y vengo.
Abro el portal de esta sala.
Entro en la luz.
Entro en el tiempo.

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